
Odio caer en una sarta de frases sentimentaloides, pero la situación ciertamente lo amerita.
Era un día tanto o más caliente que hoy, ni una brisa, nuestras pieles se derretían bajo el sol abrasador en un paradero de micro.
No había un alma en las calles. Todos estaban pegados frente al televisor, viendo a la selección chilena enfrentarse a la Sudáfrica. Nosotros también habríamos estado en eso, de no ser por mi madre y sus insistentes llamadas.
Él, cortésmente, me acompañó a aquel paradero. Pasaron los minutos y luego de varios apareció en el horizonte la esperada micro. Me dispuse a hacerla parar, cuando él me sujetó sorpresivamente, y se arrebató sobre mis labios. Mis ojos abiertos delataban mi estupefacción. Era justo lo que yo quería, pero yo aún no lo sabía.
Al día siguiente él se fue de Santiago en busca de lluvia. Y yo me quedé aquí con el exquisito sabor en los labios, pero con la incertidumbre de qué era lo que estaba por venir. Mis benditas neuronas no paraban de preguntarse unas a otras ¿qué significó ese beso? Algunas llegaron a la conclusión de que no era nada importante ni trascendental…sólo un beso en un paradero, eso no tiene ningún valor. Otras, contrariamente, sugerían que era el comienzo de algo. Las más neutrales insistían en que no era momento de juicios ni valoraciones…es momento de esperar y ver qué pasa. Y eso hice…esperé.
Ya han pasado 365 días desde ese momento. Hoy no tengo idea de paraderos, gente en las calles, sol abrasador, etc. Hoy jugaba la selección femenina sub 17…pero no vi el partido. Él fue el que llegó inesperadamente a mi casa: apareció sobre una bicicleta y traía una película en la mano. Y hoy las cosas fueron distintas. Se acurrucó a mi lado y no fue sólo un beso, sino miles.Ya he pasado 365 días viendo qué pasa…y finalmente parece que ALGO pasa.
No hay etiqueta ni nombre alguno para ese algo. Si la hay, no me importa. Sobran etiquetas y nombres para denominar cosas en el mundo...

